Ceguera

Reposaba hermosa entre almohadas y flores regaladas el día anterior, pétalos que acariciaban aquella suave piel que lo enloquecía, un suspiro se escapó y la primera lágrima rodó por sus mejillas tan blancas como la nieve. Él no pudo notarlo, ella no se lo permitió, escondiéndose más allá de las sábanas y ahogando su llanto, que callado se hundió más allá del abismo que los separaba.

Allí estaba ella, bella y con la mirada inundada, era su despedida, no pensaba regresar al lado de quien amaba con el alma, no pretendía seguir sufriendo por un amor que no iba a gestarse nunca en el corazón de su amado.

Él yacía a su lado, abrazándola como queriendo fundirse en su piel aterciopelada y que parecía creación de los mismos dioses, ellos la habían esculpido para él, pero aquella luz lo dejaba ciego, la tenía allí sólo para él y a pesar del sublime amor que ella le profesaba, él nunca podría corresponderle, su ceguera no le permitía entregarse por completo.

Ella secando sus mejillas y girándose para darle un beso le repitió cuánto lo quería, que tal vez lo esperaría pero que ahora, lejana y perdida en el tiempo, sólo podría llevar con ella ese amor que un día le había dado, así pues aquel calor estaría con ella, lo usaría en las frías noches de invierno, se arroparía con sus recuerdos y lo besaría cada noche en silencio.

Marie