No se llama soledad

Su nombre escrito quedó en alguno de los rincones de la cama, sábanas que impregnadas con su aroma se destiñeron con el paso de los días. No, no se llama soledad, mas he de decirte que te recuerda de algún peculiar modo cuando me mira desde aquella orilla en la que te escondías.

Afuera la bruma inunda las calles, como invitando a un desprevenido transeúnte a colarse en aquel ambiente mustio de hedores y peligros. Allá donde la lluvia empieza inclemente a lavarnos las carnes expuestas antes al sol, donde habitase la tinta que nos escribe en tiempo presente siendo éste ahora el pasado, allí, no se llama soledad.

El apellido querido mío quedará expuesto entre uno y otro encuentro con seres invisibles que te devoran y que antes me comieran el cuerpo a pedacitos. Las patrias endebles de tu lado no son más que naciones imaginadas, las mías en cambio carecen de fronteras, soy tan sólo cielo, tierra y mar, sin divisiones creadas por tus hombres encargados de estudiarnos con cautela y con la lupa que quieres guardarte en el bolsillo para que no la note.

No se llama soledad lo tuyo o lo mío, se llama eternidad de momentos únicos, de fines de semanas enteros y de semanas transformadas en sábados y domingos. Eres lo que no soy, soy lo que no conocías y sin embargo sigo sin ser el todo más si la nada, sin agonía. Sin fronteras ni límites impuestos al alma, libre y rebelde con el cabello expuesto al aire. Amante de una luz que no conoces, de los cambios que intuyes más no te atreves a descubrir. Temes por tu ciencia y exactitudes, yo abogo por la magia y el renacimiento de un ser que tenga el corazón en alto y sin temores.

Habito donde no puedes hallarme, me intuyes más me desconoces, te enamoraste de uno de mis reflejos en el espejo, así como yo me enamoré de uno de los tuyos. Enigmático ser distante en dimensión paralela a la mía, entiende que no se llama soledad, tan sólo se llama de la forma que no se nombra o de las grafías que no se escriben, que están para ser sentidas sin ser descritas o creadas.

Realidad austera de una sinceridad que nunca hemos negado. Y en una de mis paredes cuelga el eterno letrero diciéndome “habitantes de caminos sinuosos que llevan a la verdad”… no se llama soledad.

Marie