Incertidumbre

Así sin más, ella se levantó de la mesa, tomando entre sus blancas manos la taza de chocolate que ahora estaba fría. Los pensamientos de aquella mañana no querían darle tregua, su corazón parecía un cometa circundando el planeta Tierra. Estaba ausente y perdida, con una sonrisa mal pintada en el rostro.

Ese amor que ella llevaba en el pecho, tan natural, apasionado y sincero quería seducirla, llevarla una vez más por el laberinto que la había destrozado poco tiempo atrás. Se calmó, al menos eso fue lo que intentó y mirándose en el espejo lanzó una petición, más tiempo.

Allí, con ese sinsabor en los labios, con el chocolate frío y el estómago vacío se observó. Las palabras de él aún retumbaban en la cabeza, quería verla, quererla y respetarla, ser honesto, volver a perderse en sus ojos para cuidarla y no volver a lastimar su piel. Ella sin embargo desconfió, como suele hacer cada vez que decide poner el punto final a sus relatos, él tan sólo aseguró que deseaba que estuvieran bien una vez más.

Pero como en sus historias, como en sus pasados, huye del drama, escapa del dolor que muchas veces quieren obligarla a sentir, no cree en ese amor que dice la gente sentir, cree más bien que si hay cariño verdadero el dolor no tiene cabida, hay libertas y sonrisas por doquier.

Ella bajó la mirada, bebió el chocolate frío, como si se tratara de veneno, un embriagante aroma la embargó, la sonrisa se liberó, había llegado el momento en que él era esclavo de sus palabras, se iba a enfrentar a su pasado, cortando raíces para poder ser libre, todo porque sabía que sin eso, ella, al otro lado del mundo no se acercaría de nuevo, no lo miraría como él deseaba, ni calentaría sus noches de invierno.

Miró a su amiga, a su eterna amiga la muerte, se abrazaron descubriendo que por fin la libertad habitaba cada recinto en su ser, nada la ataba ni la hacía infeliz, se arriesgó lo suficiente a vivir y sentir… podría irse cuando lo deseara. Y cuando se vean, cuando se encuentren en la calle, ella no sucumbirá, sólo sonreirá triunfante sobre su corazón, podrá abrazarlo sin temor a que la destroce, podrá mirarlo sabiendo que sus ojos no le quemarán el alma o la piel.

Se terminó la taza de chocolate, con paso taimado se desnudó y bañó las heridas, sin detenerse a decidir, la voluntad estaba ahí para mostrarle el camino, ella sólo seguiría las instrucciones… la suerte estaba echada. (Marie)