La habitación

habitacionUn día las azucenas que habían perdido el color se rehusaron a sonreír por la mañana, el cielo no se pintaba de azul porque le sobrevino un ataque de soledad como en algunos episodios anteriores.

La ventana por ejemplo se negó rotundamente a liberarse del marco y las mantas sobre la cama hicieron huelga con las almohadas. Todo fue caos y desolación, todo se encontraba vacío aún a pesar de estar latiendo un mundo por dentro.

El café estaba reposando los sueños de la noche anterior, se mezcló con la lengua de lo anónimo, pasó por la garganta y llegó al estómago en el que sepultaba a punta de cafeína mariposas enteras, con alas, patas y antenas.

Los colores de las alas eran lo de menos, sabía que de un modo u otro terminaría vomitando tras la resaca emocional no sólo mariposas, también estrelladas noches y soles colados en las pupilas ajenas.

Al final todo era lo mismo y nada era como antes, los lápices estaban mucho más cortos que al principio, la mesa se llenaba de hojas arrugadas tras la batalla que vivía día y noche, las esquirlas de borrador se apiñaban como montañas destruidas a las cinco de la tarde, no había comida en la alacena que pudiera calmar esa ansiedad de amor, de vida.

El calor seguía escapándose en las arrugas del colchón, las sábanas ya no contaban historias sobre ojos desconocidos intentando ser los que se conocieran, las palabras empezaron a sobrar y a pudrirse debajo del armario, se apiñaban como cadáveres a los que les hace falta ser cremados por el hedor que despiden, no bastaba con enterrarlos.

Eran las ocho de la mañana, hora de un desayuno mal orquestado, de la sinfonía de recuerdos tras el insomnio, a lo mejor el día se ponía a festejar los triunfos de amores ajenos y decidiría apostarle a los posibles que tan anodinos parecían, bueno que en realidad son así.

El pájaro se esforzó por entonar algo nuevo para saber qué vuelo pintar, como invocando deidades muertas en el viento, procuró componer ritmos que pudieran recordar la eternidad oculta en lo efímero, entonces las palabras se detuvieron, el ruido se dispersó como si fuera neblina que ocultaba la vereda a las tres de la mañana, todo fue silencio por un segundo y medio.

La sonrisa congelada una década atrás empezó a derretirse, la habitación daba signos de florecer y entregar una cosecha de tintas, letras y libretas, un poco de incertidumbres y madreselva, a lo mejor sobre las diez de la mañana la cosa cambiaría, los muebles instaurarían el régimen de los liberados, invocando enmiendas sobre el presente y dejando algunos estatutos sobre el pasado, les gustaba recordar y ser recordados ¿a quién no le gusta acaso aquello?

fille-feuille-0004Se desnudaron las obviedades en medio de la guerra, apuntaron las normas que darían nacimiento al dogma sobre la boca y el beso, prometieron volver a pecar sólo si se amaba más allá de la piel, porque en la batalla de cuerpos vacíos siempre salían perdiendo.

Contaron primero hasta cien y luego hasta trescientos, acabaron cuando todo daba inicio, se acomodaron para observar su creación, estaba sentada, con pluma en mano, imaginándoles, escribiéndoles, alzando entre sueños improperios sobre lo que ha existido sin aún ser, profiriendo maldiciones con los dientes apretados, haciendo muecas al destino cuando se despertaba.

Bostezó y se estiró mientras sentía que todo a su alrededor era un nuevo estado de las cosas, el régimen empezaba el mandato sobre una vida que se le estaba escapando unos doce años atrás, eran las ocho y treinta en la mañana, el café dejó vivas algunas mariposas, las suficientes para tener revoloteando nuevas cuando el tiempo dictaminara su eclosión.

La lengua sabía lo que callaría, probaría aún el mismo vino de siempre pero lo retendría más tiempo para saborearlo mejor, afuera el pájaro entonó un nuevo canto, la revolución se calmó tras firmados todos los acuerdos, la creación se resignó al azar de las cosas que ahora gobernaban su vida, el caos hizo una elegante entrada en los minutos finales, pintó con jugosas fresas rojas la nueva sonrisa sobre la que se derretía, lo hizo tan bien que parecía real.

El cielo tenía su ataque de soledad, pero sabía que de un modo u otro se vestiría de noche cuando fuera necesario y cuando la voz volviera a llamarle más allá de las sombras que nacen de un sol a las once de la mañana.