Viajar por la ruta 86, para llegar a la 87

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Dibujo realizado por Liniers / Twitter: @porliniers

Debí de perder el hilo con el que tejía pensamientos hace tan sólo una hora, cuando enhebraste mis sueños y combatiste cada una de mis pesadillas al besarme en la distancia, jurando que estaríamos bien, vendiéndome los pasajes hacia la vida que nos espera.

Tomé todas las precauciones hace un par de años, use el cinturón de seguridad y decidí dejar el alcohol a la hora de conducir, parece mentira que hace varios meses tú hayas provocado este precioso accidente de sucesos infinitos, ibas por tu ruta 86 sin saber que mis 90 kilómetros por hora, estaban por colisionar contra tus 150, venías sin tomar precauciones y sin embargo con el pie listo para pisar el freno en el momento adecuado, intentando evitar el impacto.

Pero simplemente ocurrió, invadiste la vía 87 en un giro desesperado que le diste al volante, buscando adrenalina, queriendo sentirte una vez más un latido con ese mundo que te había golpeado en el último año.

Ocurriste de repente y sin avisarme, no tuve tiempo para maniobrar y encontrar la ruta de escape, irónicamente tú me salvaste la vida, porque ese día me la devolviste, besaste mis heridas que en vez de escocer, iban sanando sin dejar cicatriz, pidiendo que tus ojos se clavaran una vez más en mi pecho, para besarlo desde adentro, retumbando en mis costillas cuando pronunciaste mi nombre, generando esta serie de eventos nocturnos que te traen a mi memoria.

Apuesto por nosotros cada mañana, porque tú eres más que la fortuna de saberte posible, de comprender que tu realidad atravesó todas las fantasías que colgaban de mis labios silenciosos, para transformarlas en hechos convertidos en caricias, que aún en la distancia saben reconocerse.

Toma la autovía por el lado izquierdo de mi corazón, gira en la rotonda de esos sueños compartidos y ven, ven porque nos falta el resto de nuestras vidas para viajar, perdernos y encontrarnos una vez más en un océano de personas, donde tú siempre serás mi pez favorito, el que puso mi mundo de revés y comprendió que el encanto estaba en pescar al pescador.

Por eso guardo el anzuelo que lanzaste ese día, como muestra de que tú diste el primer paso a la hora de atraparme más allá de tus manos, con el ruidoso efecto del silencio en mi piel, con esta maldita distancia que me separa de ti y que sin embargo promete reunirme contigo al final del día, cuando cierres tus ojos y empieces a soñar(me), mientras yo te escribo.

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