Vivir antes de morir

Escondite II  by Lady Desidia
Escondite II by Lady Desidia

Veintidós grados dentro, posiblemente sólo cinco o seis allí fuera, mientras tanto me veo rodeada por gente de todo tamaño y color, están por ejemplo las dos mujeres a mi derecha, acento murciano muy marcado, leen al parecer una revista de farándula y comentan en voz alta su desagrado sobre un Kiko de la tele, parece que es muy serio el asunto, al menos eso expresa su voz, es entonces cuando recuerdo los cotilleos en Colombia cuando esperaba el autobús, la gente sin importar su nacionalidad, parece preocuparse por famosos, tal vez sea, porque es un tema sencillo, lejano a los problemas reales, como una mono-dosis de fantasía que nos mantiene sedados ante la cruda realidad.

El sol empieza a colarse por los grandes ventanales de ésta sala de espera improvisada, pero muy bien hecha; la estación del tren lleva meses en reformas, obligando a los viajeros a guarecerse en una pequeña cafetería con dos máquinas de apuestas o (como es mi caso) en éste cubículo rectangular por el que amanece a mi derecha.

Se agradece profundamente tener dónde sentarse y poder esconderse del frío, mi tren  aún tarda unos cuarenta minutos en aparecer, así que éste pequeño refugio es mi mayor descubrimiento de la mañana, la gente suele tener ese encanto particular de entretenerte cuando menos lo esperas, hace poco, por ejemplo, pasaba frente a mí un hombre con un jersey azul cielo, pero es un azul que sólo se puede ver en medio del campo, un azul cuyo cielo no ha sido contaminado y claramente es un azul que se ve exclusivamente en verano, para completar la escena éste hombre, de unos cincuenta y tantos lleva su cabeza cubierta por una gorra blanca, la que usa del revés a pesar de que el sol empieza a golpear en su rostro, saca su tablet y con los ojos entrecerrados por la luz del sol, intenta ver algo en el aparato electrónico.

A mi izquierda se ha sentado una pareja de músicos, el chico lleva una viola y la chica posiblemente un violín, ella parece ansiosa, muerde sus uñas, suspira, se acomoda mil veces más en la silla y acompasa todo esto con un vaivén de sus pies calzados por unos zapatos de gamuza color café con leche, el ritmo lo llevan por dentro, las tonalidades en el diario vivir, mientras que el resto de mortales creemos comprender lo que es o no la música o el arte.

Luego está el chico de la esquina de la habitación, posiblemente mida casi dos metros, rondará los veintiséis o veintisiete años, piel morena y origen desconocido, pienso que a lo mejor es de Senegal y me pregunto por su historia, ¿qué lo habrá traído aquí?¿estará en España con su familia?¿soñará como yo con el olor de su tierra y de sus orígenes? Hay tanto en común con aquellos que como él o como yo, hemos salido de nuestros países de origen, todos sufrimos la nostalgia de los sabores y las particularidades de nuestra cultura, todos añoramos los sonidos y los acentos, aprendemos a querer lo que antes considerábamos banal y empezamos a adorar los lugares que aún no conocemos, pero que sabemos son tesoros terrenales en los cuales perderse.

Sin embargo empieza a nacer en el alma un segundo hogar, aprender que se es terrícola empieza a ser más importante que la nacionalidad, nos enamoramos del país que nos acoge, a pesar de las diferencias, aunque a veces nos sintamos solos o de que los sabores no sean los mismos. La lengua empieza a aprender nuevas expresiones, nuevas formas de comunicación y claramente nuevos platos, mi madre por ejemplo disfruta contándonos las nuevas recetas que ha ido aprendiendo desde su llegada, ahora lleva incluso una pequeña agenda en la que apunta los pequeños detalles de cada comida.

He descubierto que no somos tan diferentes, un cocido es como un sancocho, sólo que nosotros le ponemos maíz, plátano verde y yuca; la rellena de mejor calidad la venden en un supermercado alemán, a mi padre le encanta y le ha dado su sello de aprobación colombiano;  nuestro calentao’ es el primo hermano de un plato ilicitano llamado arroz de costra y de alguna manera latinoamérica empieza la conquista a través de la introducción de nuevos sabores, por eso en el sur de España ya se cultivan mangos y las yucas y los plátanos verdes ya se venden con normalidad en cualquier supermercado.

17b21e2087e6b22a3bbc8fd3e137c918Aquí también está mi casa, Granada se ha convertido en las calles bogotanas con sus recovecos, la Alhambra en un sueño tangible y real, la cerveza sabe mejor con ese invento llamado tapa (acompañamiento de comida que en Granada va incluído en el precio de la birra), Guadalest en el pueblito donde las miniaturas te invaden el corazón y su castillo te atrapa, Conil de la Frontera en el rincón de España donde uno debe perderse, Águilas es ese trocito de Murcia, donde las playas se niegan a renunciar al verano, Arenales del Sol para contemplar el cielo convertirse en mar y Elche para perderte por el palmeral.

El tren avanza, me he saltado contarte que hace mucho abandoné la sala de espera, mi tren partía con destino a Águilas a las 9:40 de la mañana, nunca termino de viajar, tampoco quisiera hacerlo, sin importar si éste es un viaje o no de rutina, sigue siendo un recorrido que me permite enamorarme de esas pequeñas cosas que me rodean, ya sea el acento de las personas o los campos llenos de árboles de naranjas.

Depende de ti hacer de cada destino una aventura o una rutina, es opcional aprender a estar vivos sin importar las circunstancias o los lugares, hoy he visto posiblemente mi tercer amanecer a consciencia, me pregunto cuántos me habré perdido por no prestar suficiente atención, me pregunto si nos alcanzan las ganas de vivir éste viaje llamado vida. ¿Y tú? ¿Qué tan vivo/a te sientes hoy?

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