No quiero curarme de ti

Desde hace algunos días que vengo sintiéndome mal, la fiebre me sube por el pecho y se atenaza en mis pensamientos, especialmente cuando pienso en ti, no sé, pero pareces ser la causa de este terrible malestar, que me hace sonreír por la calle cuando suena alguna canción y me recuerda el color de tu nombre, entonces los demás me miran y dibujan la respuesta en el aire: “se ha contagiado de amor”.

He decidido desentenderme de los diagnósticos callejeros, de alguna manera me ayuda a creer que no sufro de nada y que tú ciertamente no me has inoculado con un virus que me hace latir bonito el corazón…

Tal vez lo peor es cuando me tiemblan las piernas al tomar tu mano entre la mía, porque me conviertes en cómplice de aquellos sueños que están pendientes en el tintero, que quieren hacerse realidad a tu lado y que parecen multiplicarse con cada beso que me siembras en el centro del pecho, convirtiéndome en jardín que florece bajo el encanto de tu primavera.

La fiebre se manifiesta cuando el cuerpo se defiende de algo, si tú eres la causa detrás de mi enfermedad, entonces no quiero curarme, aunque me falte la respiración cuando me abrazas o me duela todo cuando no estás, es que me has enseñado a sentir cuando me creía sin vida y a volar cuando mis alas habían olvidado el sabor del aire en plena caída.

Por eso, cuando te imagino, los síntomas se disparan y el corazón se acelera, mi alma sucumbe a la subida de tensión y se escapa por la punta de mis dedos, que sin previo aviso me invitan a escribirte en silencio, intentando alcanzarte a través del tiempo y el espacio, soñando con un fin de semana más a tu lado, deseando dormir entre tus brazos, dejando que las cosquillas me devoren la pancita y dejen escapar de golpe dos mil mariposas que nacen de mis ojos cuando me dices “te quiero”.

 

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