Tus promesas, son barcos de papel.

Todo suele comenzar con el impulso inexplicable por decirte que no, cuando todas mis ganas apuntan a un sí, mientras que tú insistes en esa idea loca de perdernos en aquella isla inventada por tu boca, jurando que nunca me darías por casa un castillo hecho de arena.

Sin embargo aquí estoy, con tu nombre por cadena colgando de mi cuello, repitiendo una y otra vez, que es imposible extrañar, lo que nunca se ha ido, creyendo en la idea de que tú, por algún asomo en mi memoria, tal vez sí me quisiste, que quizás aún me quieres.

Pero me tropiezo con cada evidencia apuntando en la dirección contraria, señalando el camino que tú niegas y que yo me sé de memoria, porque lo he recorrido tantas veces, que ya no necesito un mapa o una brújula para no perderme, he estado tan extraviada a causa tuya, que sólo me quedó como destino reencontrarme.

¿A quién quieres seguir engañando? No sirve de nada acompañar tu soledad enredándote en cabellos color fuego o besar pieles con sabor a canela, invocar mi nombre en la oscuridad no va a llevarme de regreso hasta ti, ni esa fantasía de hacerme eterna.

Dejaré sobre la mesita de noche, todas esas promesas que llenas con mis ilusiones y que das en oferta a las demás, porque te has convertido en vendedor profesional de sueños a futuro, un futuro que querías a mi lado, pero que sigues besando en labios de alguien más.

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