Invocarte con la cerveza.

Ocho grados contenidos en una lata logran invocar tu esencia, sabes a veranos escondidos en mi piel, a las voces del mercado de Bazurto en Cartagena, al olor del mar en Bahía Solano con el canto de sus ballenas y a tu capacidad de conseguir que hasta el alma me baile, al son de una champeta.

Debería beberte despacio, de tal manera que cada trago de ti me embriague con tu nombre, para que al pasearnos por el centro de la capital la lluvia se confunda porque ya estamos empapados, porque probar tu boca requiere de una táctica sin estrategia.

Cuarenta grados de pasión contenidos en pensamientos que no pasan página, la Alhambra para perdernos con nuestra historia, la posibilidad de tomar tu mano mientras caminamos por el Paseo de los Tristes y me dices que quieres extraviarte en mis esquinas, cuando la realidad es que moldeaste con tus manos mis vértices y ya no existen rincones en mi corazón para esconderte.

Deleitarnos con la idea de hacernos posibles en cualquier trocito del planeta, soñarte para hacerte realidad y en ese deseo que yace en el silencio, fundirte conmigo en un único abrazo que no te permita alejarte de mi corazón.

Mezclarme con tu voz mientras cantas bajo la ducha, para ungirme con tu boca que sabe a pura Costa Blanca y sumergirme en tus mares que me suenan a Caribe. Ocho grados contenidos en una lata me invitan a dibujar un mapa de tus palmeras en mis calles bogotanas, para escalar tu tronco y esconderme del sol bajo tus hojas.

Entonces nos imaginas comiendo enchiladas en algún pueblito de México donde nadie conozca tu amor por sus tierras, y me enseñas sobre conquistas cuando tu apellido se convierte en mi bandera y nos haces una sola patria.

Se me acaba la cerveza, pero no tu nombre escondido en ella… ocho grados contenidos en una lata, te invocan más allá de cualquier mar y de cualquier frontera.

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